lunes, 4 de febrero de 2008

II. La Tienda de Comics [Séptima Parte]

La siguiente parte de la historia de la tienda de comics os la podéis imaginar. Al menos os he dejado suficientes pistas como para que os la imaginéis. Es por eso que me la voy a ahorrar. Voy a cambiar la situación de la cámara con la que estoy rodando este relato y voy a dar un pequeño salto en el continuo espacio-tiempo. Os prometo que todos los huecos quedarán tapados en su momento, y os prometo que queda poco para que llegue ese momento.

La ciudad es Madrid, sigue siendo Madrid. La calle es una cualquiera de la zona de la plaza del Dos de Mayo. La chica es bonita y tiene un gesto triste. Camina con una áspera ligereza, como poseída por una embaucadora noluntad. El hipnótico hechizo de su tristura se rompe por un instante al ver una tienda que solía conocer. Es una tienda de compraventa de libros usados. Hubo un tiempo en el que ella trabajó allí. Fue hace un par de años, desde entonces sólo ha entrado tres o cuatro veces. Ésta hace la cuarta o quinta.

El dueño la saluda con entusiasmo, no intenta disimular cuánto se alegra de verla. Conversan un rato, ella le dice que deberían tomar un trago por los viejos tiempos. Su sonrisa melancólica es muy adecuada al contexto, pero no se debe a lo que el hombre cree. Ella ha llevado consigo sus fantasmas. El hombre le dice que espere unos minutos, tiene que ordenar algunos libros que ha comprado y entonces podrá salir. Ella accede. Los libros cubren todo el mostrador.

"Es curioso", dice el hombre, "casi todos son comics". Es, de hecho, bastante curioso. Mientras el hombre empieza a ordenar algunos, ella, de nuevo embrujada por una desidia poderosa y vacua, toma uno de los comics. Comienza a hojearlo. Aunque el hombre puede verla a su lado, ella no está allí. Tampoco está en las páginas del cómic. Está en el espacio denso que separa la vigilia del sueño.

Al final de todo, en la última página del cómic, hay algo escrito a mano.

Ella lo lee.

El hombre sigue ordenando el resto de los libros, casi todos están ya en las estanterías.

Ella lo vuelve a leer.

El mostrador ha quedado vacío, el hombre se acerca a ella y dice algo. Seguramente algo parecido a "sólo me queda ese cómic y nos vamos".

Ella lo cierra. No es que le haya oído, son gestos independientes. Se está debatiendo entre lo improbable y lo imposible. No sabe cuál de las dos cosas está viviendo en ese momento.

Es improbable que lo haya escrito él.

Es imposible que sea una coincidencia.

Le pregunta al dueño de la tienda quién le vendió ese cómic. Él responde que fue el mismo que llevó todos los demás, un chaval trajeado con barba. Un escalofrío recorre la espalda de la joven, que se acerca a las estanterías y coge otro de los comics. El hombre está diciendo algo. Seguramente algo parecido a "¿no nos íbamos a tomar unas cervezas?".

Esta vez encuentra algo escrito en la primera página.

Lo lee. Sonríe.

Se gira hacia el hombre y le llama por su nombre, "me tengo que llevar estos comics, todos los que trajo el chaval trajeado con barba, ¿vale? Tengo una extraña historia que contarte mientras tomamos esas cañas."

[Continuará...]