Debo confesar que cuando empecé a contar esta historia, esperaba acabar mucho antes. Supongo que si lo que quería era ser breve, habría hecho mejor en escoger alguna anécdota cerrada de la vida de Lisandro, y no una historia tan reciente que pudiera continuar desarrollándose durante el tiempo que yo tardara en escribirla. Sobra decir que eso es exactamente lo que ha pasado. El fragmento que narraré hoy, Lisandro lo omitió la primera vez que me contó los sucesos, considerando que era irrelevante. Más tarde se descubriría que era un capítulo de abrumadora trascendencia, un pilar esencial para los hechos posteriores.
Ya existía un plan. Eso le producía una sensación refrescante y liberadora. Dicho plan tenía dos líneas de actuación claramente diferenciadas. Una la comprendió en el instante en que abandonaba la tienda de comics, la otra surgió como una revelación mística a la mañana siguiente, y se convirtió de inmediato en una prioridad indiscutible.
Esa noche había rememorado en sueños una versión menos dramática del corto de la librería que se posó en sus pensamientos la primera vez que entró en la tienda de comics. En su sueño, la chica era él y el librero era su chica. La librería estaba en una isla y él descubría las palabras que ella había escrito en los libros cuando navegaba hacia otros mares en busca de aventuras y tesoros. Con el fin de negar la distancia que los separaba, decidía escribir también en los libros, contestando los textos de ella. Poco a poco, del modo incomprensible que sólo tiene cabida en los sueños, ese intercambio de escritos se convertía en una conversación entre susurros en una biblioteca, cara a cara con ella, los dos hablando con un mediocre acento argentino. El tema de sus conversaciones era poco claro, pero recuerda que las últimas palabras de ella fueron “¿qué es ese ruido?”, en ese momento despertó para descubrir que el ruido era la cruel melodía de su despertador.
De ahí surgió la idea, aunque su propósito nunca estuvo del todo claro. Se trataba más bien de una metáfora, un homenaje silencioso a ese mismo sueño, a ella, al corto, al día de primavera en que lo vio, al propio plan… De alguna manera sentía que era algo que debía hacerse, y eso era lo único que importaba. Debía hacerse con tanta urgencia, seriedad y dedicación como el resto del plan.
Cogió un bolígrafo y se dispuso a escribir en el mismo dorso de la portada del tomo de manga. Era importante que las palabras fueran las adecuadas, lo que hacía importante saber qué palabras eran las adecuadas. El ejercicio era muy complicado, ya que las palabras no tendrían ningún objetivo ni efecto concreto. Después de un rato de meditación, llegó a escribir unas líneas parecidas a las siguientes:
Ésta ha sido la primera vez. La vez que da sentido al resto de las veces. La primera vez que me has sonreído cuando yo sabía que me sonreías a mí. La primera vez que hemos compartido palabras que hablaban de nosotros, sin decir nuestros nombres. Hoy ha sido el principio del principio.
Sin estar del todo convencido de que eso fuera lo que había que escribir, cerró el libro y salió a trabajar.
[Continuará…]
martes, 18 de diciembre de 2007
II. La Tienda de Comics [Quinta Parte]
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