Días después del suceso del tomo de manga, Lisandro aún podía rememorar todas y cada una de las palabras que llenaron el ambiente con precisión cirujana. No estoy seguro de que se pueda decir lo mismo de mí en este preciso momento, aún así intentaré con todo mi empeño no alterar la realidad de los hechos por error.
Lisandro había dejado el libro con forzada indiferencia sobre el mostrador cuando una voz se deslizó por el espacio que separaba sus ojos de los de ella:
- ¿No crees que eres un poco mayor para leer esto? – la chica sonreía abiertamente mientras miraba desde detrás de su flequillo a los atónitos ojos de Lisandro.
- Que no te confunda el traje, en realidad tengo catorce años – como siempre que se ponía nervioso, estaba recurriendo al humor – ¿Crees que no debería leerlo si fuera mayor?
- No me malinterpretes, preguntaba si tú creías que eras demasiado mayor para leer esto, no dije que yo lo pensara – la sonrisa en su cara era cada vez más evidente, por alguna razón, la conversación le estaba divirtiendo –. Y no ha sido el traje, sino la barba la que me ha confundido…
Lisandro dejó escapar una risita corta, que él mismo calificaría como estúpida, antes de contestar.
- Pienso que si fuera más pequeño, tal vez no lo leería, la gracia de este manga no está en la acción, ni en el humor, sino en la sensibilidad de las historias que cuenta – había hablado demasiado. Se dio cuenta en el momento en el que la frase murió en el aire, la sonrisa con la que la dependienta le miraba también se estaba esfumando, el silencio se estaba haciendo con los dos y notaba cómo sus propios labios se habían estirado repentina y horizontalmente hasta dibujar una insulsa mueca de desconcierto.
- ¿Sabes? Yo también lo leo. Me dejas más tranquila – la sonrisa había vuelto, perfectamente sincronizada con el guiño de su ojo izquierdo –. Son seis con noventa y cinco.
Sacó el dinero; si le conozco como creo que le conozco, tenía la boca abierta en una pequeña, pero perfecta circunferencia mientras completaba la transacción. Para cuando tocaba recoger el cambio y el libro y despedirse, ya era capaz de sonreír y guiñar también un ojo, sin saber muy bien si lo hacía por iniciativa propia o como un reflejo del gesto de ella.
Según salía por la puerta de la librería se dio cuenta de que por fin existía un plan. Era falible, por supuesto, alarmantemente capaz de no llevar a ninguna parte, pero en esa incertidumbre radicaba una parte importante de su encanto. Si funcionaba, sería glorioso. Si fracasaba, sería lo normal.
Esa noche, al llegar a casa, Lisandro devoró el último número de uno de sus mangas favoritos, daba igual que conociera el final por haber visto ya el anime, eso no fue óbice para que tuviera que contener lágrimas de emoción al llegar al punto álgido de la historia. Cuando cerró el libro, multitud de pensamientos abarrotaron su cabeza, pero fue el más estúpido de ellos el que consiguió alterar su sueño: todo podría haber ido mejor si hubiera usado su acento argentino en la conversación.
[Continuará...]
martes, 11 de diciembre de 2007
II. La Tienda de Comics [Cuarta Parte]
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