Recuerdo perfectamente el brillo orgulloso que tenían sus ojos cuando por fin me contó esta historia. Las cosas ya estaban tremendamente avanzadas dentro de la secuencia de sucesos que se inició en la tienda de comics, uno pensaría que ya había habido una conclusión. Una amarga conclusión, si se me permite adelantar acontecimientos. Pero como tantas veces en esta vida, las apariencias y la realidad no son la misma cosa, a veces tiendo a pensar que la vida se rige por el mismo modelo que las sombras chinescas: una cosa es lo que vemos y otra bien diferenciada es lo que hay. Este fin de semana, Lisandro me sorprendió con una llamada telefónica que suponía una vuelta de tuerca más en esta misma historia... Pero todo tiene un orden, y el motivo de esa llamada no podría ser entendido sin explicar antes un montón de hechos.
Habíamos dejado a Lisandro fantaseando mientras paseaba a solas por las calles del centro de Madrid. Tras aquella larga noche, se despertó con una idea clara en su mente: conocería a la chica de la tienda de comics. Cuando una idea se posa sobre la cabeza de Lisandro, solamente el tiempo la puede espantar. No importaba que su plan careciera totalmente de detalles, eso sí que era un mero detalle, el núcleo de la cuestión era la propia cuestión. Por otra parte, sabía de sobra que acabaría habiendo un plan preciso y exhaustivo. Siempre lo hay.
Todavía no había empezado el frío, pero ya anochecía muy temprano el día que Lisandro entró en la tienda por segunda vez. Había dejado que pasara alrededor de una semana, con la esperanza de que alguna idea genial le abordara durante ese tiempo y le dijera qué era lo que debía hacer. Obviamente, no fue así. Entró sin saludar y sin mirar al mostrador, llegó a las estanterías repletas de comics y permaneció congelado frente a ellas durante más de media hora. De vez en cuando se desplazaba lateralmente para cubrir una nueva sección de estanterías y en ocasiones tomaba uno de los números de cualquier colección para posar la vista en él. Disimulaba y pensaba, aunque pensar no estaba siendo demasiado efectivo, ya que disimular ocupaba demasiado espacio en su cabeza.
Por fin se dio por vencido. No se le ocurría nada que fuera suficientemente significativo. Hay que entender que para Lisandro es importante que las cosas que tienen un significado en su cabeza se perpetúen en actos significativos. Ésta es una de esas cualidades suyas que llegan a sorprender: necesita que cada mala o buena experiencia sea tan mala o tan buena como merezca ser; que cada momento pueda recordarse en un volumen de intensidad equiparable al que tuvo en su cabeza cuando ocurrió. Si ahora se dirigiera hacia la dependienta y le preguntara su nombre, habría arruinado la belleza de los momentos que dedicó a divagar sobre ese acto tan trivial.
Cogió uno de los pocos tomos de manga que habían conseguido llamar su atención mientras recorría lentamente las estanterías, y se dirigió al mostrador para pagar. La sencillez de lo que ocurrió entonces estuvo cerca de romper la armonía que Lisandro había estado buscando para ese efímero momento en el que algo cambiara. No obstante, cuando por fin me habló de todo esto, ya había comprendido que, hasta ese punto, la armonía consistía en mantener la sencillez de las cosas sencillas.
[Continuará...]
miércoles, 28 de noviembre de 2007
II. La Tienda de Comics [Tercera Parte]
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