Una de las cosas más curiosas del caso de la tienda de comics fue que Lisandro lo mantuviera tan en secreto. No reveló sus extraños e imprecisos planes a nadie; aunque mentiría si dijera que nunca sospeché nada, más falso aún sería decir que alguna vez supe por dónde iban los tiros exactamente. La realidad era que, poco a poco, la casa de Lisandro se estaba llenando de objetos inverosímiles acerca de los cuales él no daba nunca explicaciones. Mobiliario pop, corbatas de estampados singulares, interminables pilas de comics y libros fantásticos, figuritas de coleccionista, posters… Incluso llegué a descubrir sobres de cartas y libros de rol que acumulaban pacientemente el polvo en un rincón de su pequeña casa. Por supuesto, yo le preguntaba por ellos, pero nunca respondería.
Claro que ahora todo encaja.
Había dejado la historia en el momento en que Lisandro abandonaba la tienda de comics tras haber descubierto a la dependienta del local. En ese instante Lisandro comenzó a hilvanar una sucesión imposible de pensamientos, tremendamente ramificada. Comenzaba con ese cruce de miradas y acababa de decenas de formas diferentes: una boda, una cama, tres funerales, la bancarrota, firmas de autógrafos en el salón del cómic, una huída de la ciudad, un terrible incendio, una discoteca de moda, lágrimas… Y por el medio, planes, posibilidades y probabilidades entremezcladas en una especie de gran plano de metro con sus distintas líneas, paradas y correspondencias.
Aquella noche caminó hasta tarde, paseando por Malasaña, Fuencarral, Gran Vía… Entre otras muchas cosas, se acordó de un corto que había visto hacía tiempo. Una chica se enamoraba tontamente del dependiente de una librería y empezaba a comprar libros allí todos los días, pidiendo que se los envolviera como regalo. Antes de que se atreviera a hablar con él, el joven moría prematuramente y ella, deprimida, empezaba a abrir los distintos libros que había comprado, para descubrir que él había escrito algo en todos y cada uno de ellos dirigido a ella, de la que también había estado enamorado. Lisandro se apresuró a abrir uno de los comics que había comprado, su deambular lo había llevado en ese momento a la plaza del Dos de Mayo, donde se sentó para leer de principio a fin el cómic sin encontrar ninguna línea escrita por el puño de su dependienta. Le alivió pensar con lógica imprecisa que eso significaba que ella no moriría de forma prematura.
[Continuará...]
jueves, 15 de noviembre de 2007
II. La Tienda de Comics [Segunda Parte]
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