lunes, 12 de noviembre de 2007

II. La Tienda de Comics [Primera Parte]

Hace unas semanas, Lisandro descubrió una nueva tienda de comics por la calle San Bernardo. Aquel día me llamó por teléfono con una ilusión desbordante y contagiosa. A Lisandro le encantan los comics, pero en seguida supe que había algo más, aunque no fuera hasta ayer cuando me contara todos los sucesos que se desencadenaron a partir de ese momento. Contaré la historia con la forma exacta que ha tomado en mi cabeza después de escucharla de boca de Lisandro.

Había sido un día de trabajo algo complicado, pero los astros se alinearon permitiendo que la jornada acabara a la hora esperada, con el tiempo suficiente para buscar un sitio nuevo en Madrid. Sin duda, buscar sitios nuevos en Madrid es una de las cosas que más le gustan a Lisandro, aunque cada vez le resulta más difícil, bien porque sus exigencias van en aumento o porque sus conocimientos sobre la ciudad son relativamente amplios. Ésta debe ser una de las razones por las que se está empezando a cansar de Madrid, pero, definitivamente, ésa es otra historia.

El sitio no decepcionó a Lisandro, el tipo del trabajo que le habló de él dijo que era una tienda más bien grande, Lisandro pensó que era, de hecho, enorme. Después de deleitarse repasando las portadas de sus colecciones favoritas y cargar con los títulos que tenía pendientes, salió por la puerta. Una historia simple. Nada peculiar. Si no llega a ser por algo que ocurrió diez segundos escasos antes de salir por la puerta. Ensimismado en sus nuevas mercancías, Lisandro no se había fijado en nada más durante su camino desde las estanterías repletas de comics hasta la caja. Pero a la hora de pagar, sus ojos se cruzaron con los de ella y eso, como tantas veces ocurre en la vida, fue suficiente para que su cabeza perdiera un rumbo que, a decir verdad, es difícil decir si alguna vez llegó a tener.

Ejecutó boquiabierto la transacción económica, con los ojos clavados en los de la dependienta y, como en un trance, salió de la tienda. Pudo durar diez segundos, pudieron ser menos, Lisandro juraría más tarde que fueron muchos más. En la escena que se forma en su mente cuando lo recuerda, se ve a sí mismo congelado frente a ella mientras la vida continúa, la tarde declina en un anochecer efímero, que enlaza con un nuevo amanecer, cientos de clientes entran y salen de la tienda, pero ella y él permanecen estáticos, mirándose sin parpadear. Hasta que por fin sale, pero su cabeza se queda allí, y hace una de las cosas que mejor sabe hacer: fantasear.

[Continuará…]

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