miércoles, 9 de abril de 2008

II. La Tienda de Comics [Octava Parte]

El día que ella desapareció de la tienda, Lisandro notó, como un impacto en el centro de su pecho, que algo estaba yendo mal.

Estaba asombrado de cómo habían evolucionado las cosas. En tan sólo unas pocas semanas, su relación con la dependienta de la tienda de comics había cambiado de un modo que Lisandro consideraba radical, aunque debo confesar que, cuando me lo describió a mí, me sorprendió sensiblemente menos. De hecho, no vi tal evolución, y así se lo hice saber.

Céntrate en los detalles – me decía –, en nuestras primeras conversaciones, las palabras fluían junto con la transacción económica, ahora charlamos brevemente mientras las cosas que compro se aburren en sus manos o en las mías. Eso es una evolución. Además, las reflexiones que compartimos han dejado de ser generales, cada vez trivializamos las cosas más particulares. Es difícil de explicar, pero eso es un gran paso. La perfección llegará cuando intercalemos las conversaciones anodinas con las reflexiones pseudoprofundas.

Yo seguía sin entenderlo. No hacía mucho tiempo que me había confesado lo de sus visitas constantes a la tienda de comics. Lógicamente, yo ya sospechaba que algo extraño debía estar ocurriendo, había estado en su casa varias veces y la había visto rebosante de objetos peculiares y, sobre todo, de comics. Pero tan pronto como todo cobró sentido, todo comenzó a terminar.

Era una tarde de diciembre, si no recuerdo mal, cuando Lisandro entró a la tienda y, por primera vez, no la vio allí. Como digo, supo que algo iría mal, pero sus sospechas tardaron varios días en confirmarse. Aquella tarde salió de la tienda sin comprar nada. La operación se repitió la tarde siguiente. Y la siguiente. Fue entonces cuando advirtió el cartel de “Se necesita personal” que se reía de él en la puerta de la tienda, pegado con descuido en la parte interior del cristal. Por primera vez desde que comenzó la extraña historia que vengo relatando, decidió hacer algo directo.

Disculpe, la chica bajita, de pelo corto, que trabajaba aquí por las tardes… ¿ya no trabaja aquí? – la formulación descuidada de su pregunta le turbó casi más que el hecho de lanzarla sin preámbulos al otro dependiente habitual de la tienda.

Te refieres a –el chaval al otro lado del mostrador dijo el nombre de la chica–, ¿no? Pues nop, ya no curra aquí, ¿la conocías o algo?

Sí. No. Muchas gracias.

Y tan pronto como entró, se fue. Estaba en una especie de trance, o en un estado de shock transitorio. Y no era por que ella hubiera dejado la tienda, en el fondo, eso lo sabía desde hacía días. Ella tenía un nombre y ahora él lo conocía. Eso le resultaba estremecedoramente real, complejo y cruel. Había hablado con ella tantas veces y de tantas cosas, que no conocer su nombre era una ironía despiadada del destino. Le hizo pensar mucho en lo estúpido que había sido perdiendo el tiempo con sus planes y sus rodeos.

Y después de pensar mucho sobre ello, comprendió que, pese a todo, lo que hizo fue lo que tenía más sentido hacer. Es uno de esos razonamientos de Lisandro que, debido a su sencillez, resultan terriblemente complicados de entender y de explicar. El tema es que la clave del casi rebuscado e indudablemente lento plan que había estado ejecutando durante las últimas semanas, era la naturalidad de su progresión. Llevaría a algún lado sólo si naturalmente tendía a llevar a algún lado. Mientras tanto, el camino sería cómodo, aunque incompleto, y progresivo. Acelerar el ritmo podría suponer un choque brusco con la realidad que Lisandro pretendía evitar. La lentitud era llevadera y él, paciente. Y si las cosas iban bien, la naturalidad daría sus frutos. Las cosas no fueron bien, no había nada que reprocharse, sencillamente, la tendencia natural de los acontecimientos no fue la deseada.

Es la forma que Lisandro tiene de hacer de la pasividad algo trascendente. Y su forma de paliarla es interiorizarla, de ahí los muchos esbozos de escritos que plagaban los objetos que había adquirido en la tienda, desde las contraportadas de los comics, hasta las peanas de las figuras de colección o los mazos de cartas de rol.

Cuando llegó a casa, leyó todos esos escritos y tomó la decisión de deshacerse de ellos.

[Continuará...]

lunes, 4 de febrero de 2008

II. La Tienda de Comics [Séptima Parte]

La siguiente parte de la historia de la tienda de comics os la podéis imaginar. Al menos os he dejado suficientes pistas como para que os la imaginéis. Es por eso que me la voy a ahorrar. Voy a cambiar la situación de la cámara con la que estoy rodando este relato y voy a dar un pequeño salto en el continuo espacio-tiempo. Os prometo que todos los huecos quedarán tapados en su momento, y os prometo que queda poco para que llegue ese momento.

La ciudad es Madrid, sigue siendo Madrid. La calle es una cualquiera de la zona de la plaza del Dos de Mayo. La chica es bonita y tiene un gesto triste. Camina con una áspera ligereza, como poseída por una embaucadora noluntad. El hipnótico hechizo de su tristura se rompe por un instante al ver una tienda que solía conocer. Es una tienda de compraventa de libros usados. Hubo un tiempo en el que ella trabajó allí. Fue hace un par de años, desde entonces sólo ha entrado tres o cuatro veces. Ésta hace la cuarta o quinta.

El dueño la saluda con entusiasmo, no intenta disimular cuánto se alegra de verla. Conversan un rato, ella le dice que deberían tomar un trago por los viejos tiempos. Su sonrisa melancólica es muy adecuada al contexto, pero no se debe a lo que el hombre cree. Ella ha llevado consigo sus fantasmas. El hombre le dice que espere unos minutos, tiene que ordenar algunos libros que ha comprado y entonces podrá salir. Ella accede. Los libros cubren todo el mostrador.

"Es curioso", dice el hombre, "casi todos son comics". Es, de hecho, bastante curioso. Mientras el hombre empieza a ordenar algunos, ella, de nuevo embrujada por una desidia poderosa y vacua, toma uno de los comics. Comienza a hojearlo. Aunque el hombre puede verla a su lado, ella no está allí. Tampoco está en las páginas del cómic. Está en el espacio denso que separa la vigilia del sueño.

Al final de todo, en la última página del cómic, hay algo escrito a mano.

Ella lo lee.

El hombre sigue ordenando el resto de los libros, casi todos están ya en las estanterías.

Ella lo vuelve a leer.

El mostrador ha quedado vacío, el hombre se acerca a ella y dice algo. Seguramente algo parecido a "sólo me queda ese cómic y nos vamos".

Ella lo cierra. No es que le haya oído, son gestos independientes. Se está debatiendo entre lo improbable y lo imposible. No sabe cuál de las dos cosas está viviendo en ese momento.

Es improbable que lo haya escrito él.

Es imposible que sea una coincidencia.

Le pregunta al dueño de la tienda quién le vendió ese cómic. Él responde que fue el mismo que llevó todos los demás, un chaval trajeado con barba. Un escalofrío recorre la espalda de la joven, que se acerca a las estanterías y coge otro de los comics. El hombre está diciendo algo. Seguramente algo parecido a "¿no nos íbamos a tomar unas cervezas?".

Esta vez encuentra algo escrito en la primera página.

Lo lee. Sonríe.

Se gira hacia el hombre y le llama por su nombre, "me tengo que llevar estos comics, todos los que trajo el chaval trajeado con barba, ¿vale? Tengo una extraña historia que contarte mientras tomamos esas cañas."

[Continuará...]

viernes, 18 de enero de 2008

II. La Tienda de Comics [Sexta Parte]

Una vez más, Lisandro fue paciente a la hora de elegir el momento para su siguiente visita a la tienda. El plan exigía precisión escogiendo las fechas, el efecto buscado se podía perder si sus apariciones eran muy habituales o muy escasas. Esperó hasta el lunes de la siguiente semana. Durante ese tiempo consiguió evadir el tema ocupando su cabeza con otras obsesiones. Cada una de ellas compone un capítulo completo del bizarro mundo de Lisandro, que tal vez algún día llegue a contar.

Esta vez fue más sencillo que la anterior, y a la vez tremendamente más complicado. Sabía qué era lo que había que hacer, eso evitaba caer en la desidia de recorrer estantería tras estantería sin rumbo fijo. Sin embargo tenía muchos más motivos para exigirse una actuación impecable.

Entró saludando con una radiante sonrisa. Estaba tan nervioso que es difícil decir si le sonrió a ella, a la caja registradora, al otro dependiente o a un cliente que salía en ese mismo instante. Avanzó hasta las estanterías y fingió durante un rato que no encontraba lo que buscaba. Por fin cogió un cómic. Por supuesto, sabía con mucha antelación cuál era el que iba a coger, el plan cubría las compras de las próximas cinco o seis visitas y confiaba en poder ir aumentando el colchón de ideas en breve.

Al acercarse al mostrador, todo lo que existía en su interior se retorcía, diciéndole que algo saldría mal. Sus pasos eran inseguros y su mirada vacilaba, yendo de un lado a otro. Dejar el cómic en la superficie de cristal que le separaba de ella y escuchar su voz una vez más, fue como salir lentamente de un profundo sueño para sumergirse de lleno en el duermevela matinal.

- ¿Así que también lees esto?, ¿tampoco te resulta infantil?
- Empiezo a pensar que consideras esa pregunta válida para todo lo que vendéis –mantener la cabeza fría tras descubrir que ella recordaba su conversación no estaba siendo tarea fácil-. ¿Tú también lo lees?
- Nop, éste no... Tuve suficiente con el anime...
- Lo dices como si no te hubiera gustado...
- ¡Nah!, no es eso. Quiero decir que lo encontré conclusivo, he oído que el manga alarga la historia –mientras hablaba, cogía el billete que Lisandro le tendía-, yo no quiero eso, para mí lo que hay, es lo que es, y lo que es, es lo que hay.
- Ya… Pero en el fondo es al revés, ¿no? –discutir no era una buena idea, no era parte del plan, pero, ¿cómo evitarlo?-, el manga no alarga la historia, sino que el anime la redujo…
- No desde mi punto de vista, para bien o para mal, la historia ya existe como una parte de mí, si me la vuelven a contar y no es la misma, la están cambiando. Me da igual cuál surgiera antes. No sé si me entiendes.

Con cara de tonto, Lisandro recogía las vueltas e intentaba recomponerse. No estaba acostumbrado a tener conversaciones que consideraba interesantes con desconocidas que le fascinaban.

- Yo tampoco lo sé. Para entender a alguien hay que conocerlo.

Mientras decía estas palabras, media sonrisa atravesaba su cara. La otra media estaba en frente, en los labios de ella. Pero antes de que diera tiempo a ninguna reacción, Lisandro murmuró algo parecido a “bueno, muchas gracias, hasta otra”, dio media vuelta y se marchó. Una vez en casa, abrió el número de Full Metal Alchemist que acaba de comprar, sin intención de leerlo, solamente para escribir algo en su contraportada.

“Lo que es, es lo que hay”, y si lo que hay en esta historia no es parte de ti, su interés se ve mermado. La leeré igualmente. Recordaré cómo se contó en el anime lo que ocurre aquí y pensaré que eso es parte de ti y también de mí. Como en un reflejo de algo que no existe, parte de los dos.

[Continuará...]